Capítulo 13: Sueños extraños

Mientras Petunio continúa investigando lo que sucede, veamos lo que pasa con el resto de nuestros “héroes”.

Parece que se encuentran donde los dejó Petunio, en un sueño muy profundo. Bien, ya está, sigamos… es broma, continuemos. Metámonos en la mente de los “héroes” y descubramos que pasa en esos sueños que tienen. Cortinilla de estrellas, ¡por favor!

Dentro del sueño: Todos parecían soñar lo mismo. Se encuentran juntos, con una antorcha que alumbra una oscuridad absoluta. Por supuesto, ellos no saben que se encuentran en un sueño y todo lo anterior no lo recuerdan. Sin saber que hacer, empiezan a caminar. Gumersindo es el personaje con mejor vista, capaz de ver prácticamente a la perfección en la oscuridad y aun así, no veía nada que destacara, todo era igual. Una oscuridad absoluta que los rodea.

Pitoclesio, que está muy asociado con la magia, se da cuenta que lo que está ocurriendo no es normal y empieza a concentrarse en sí mismo. A los pocos minutos, descubre que hay una presencia mágica que rodea todo su entorno, pero la desconoce totalmente. Aun así, decide comentarlo al grupo para que estén en guardia.

Goyofredo, en esos momentos, empieza a rebuscar en su gran saco de artilugios “magníficos”  y saca una mierda de Leopolda sin saber por qué. Ningún ser, a excepción de Goyofredo, lograría comprender que este hubiera estado guardando todas las heces de la ponicornia desde que se conocieron. La agarra con ímpetu y la lanza. Cae unos metros más adelante y, cuando impacta, crea una explosión de luz. Esta dura unos segundos antes de extinguirse, pero los suficientes para permitir ver lo que tienen a su alrededor. A simple vista, todo parece ser igual, pero Gumersindo y Pitoclesio se dan cuenta de que hay una presencia y esta les observa. Piden a Goyofredo que siga haciéndolo y este, encantado, empieza a lanzar mierdas sin ton ni son con carcajadas que recuerdan a un niño de 5 años viviendo una de las experiencias más felices de su vida.

Pero ahora toca decidir si continuar investigando con estos “héroes” o ver si Petunio ha avanzado algo.

Capítulo 12: Locuras y paranoias

Petunio, obsesionado y con el único pensamiento en mente de descubrir lo que está ocurriendo, se olvida de todo lo que tiene a su alrededor, a excepción de esa extraña sombra con ojos rojos que lo mira fijamente. La empieza a seguir hasta que alcanza la duna donde estaba esta pero, cuando llega, ya no hay rastro de ella, alza la mirada a su alrededor y la ve un poco mas lejos.

Petunio vuelve a emprender su caminata para alcanzar la sombra pero, cuando vuelve a estar frente a la duna, la sombra ha desaparecido. Sin comprender nada y con una obsesión cada vez mayor por descubrir que pasa, Petunio vuelve a recorrer un nuevo camino por el desierto en busca de la sombra.

Pocos pasos después, nota un cambio en el clima, las temperaturas bajan con fuerza pasando de haber temperaturas templadas a frías en poco tiempo. Petunio, obsesionado con la sombra, no se da cuenta de lo que ocurre y sigue caminando hasta la siguiente duna donde se le aparece esta. Cuando está apunto de alcanzarla, esta se desvanece y desaparece dejando un fino sonido que, a malas, podría ser interpretado por una serie de letras que formulan un: “sígueme, por aquí, no te detengas”. O, al menos, es lo que entiende Petunio, quien está cada vez más emparanoiado sin comprender lo que pasa ni distinguir la realidad de la ficción.

Una vez más, reprende su objetivo de seguir la sombra. La temperatura seguía bajando y Petunio no hace mella de esto hasta que le cae una gota en la cabeza, detrás de esta sigue otra y otra. En pocos segundos, casi está diluviando. A Petunio, esto cada vez le parece más raro y empieza a dudar sobre qué hacer y lo que ocurre.

Mientras se le pasa por la cabeza lo que puede estar ocurriendo, el agua empieza a convertirse poco a poco en nieve y antes de que pueda llegar a la siguiente duna, el desierto se ha convertido en una capa blanca. Pero antes de continuar con la historia, hay que saber por donde continuarla y para eso os quiero pedir que toméis vosotros la decisión: -Continuar con Petunio o bien saber que está pasando con el resto del grupo.

Capítulo 11: Una sombra

Nuestro grupo de “héroes” está agotado y sin fuerzas. Apenas pueden dar pasos y aguardan expectantes la decisión que toma Goyofredo ante esta situación. El pobre Goyofredo, al que le viene bastante grande esta decisión, como la gran mayoría de ellas, sin saber que hacer y tratando de centrar su mirada, dice lo primero que se le pasa por la cabeza:

– Descansemos.

Sin fuerzas para montar un campamento, los “héroes” deciden dormir al raso y Petunio se ofrece a montar guardia, ya que apenas puede dormir debido a los actos de su pasado. Empieza a dar vueltas alrededor del campamento, como suele hacer cada noche que el grupo decide descansar. Mientras da su paseo nocturno habitual, que rodea un perímetro cercano a donde descansan los “héroes”, se percata de una sombra que les observa desde lo alto de unas dunas, parpadea e intenta fijar la mirada, pero la sombra ya no está, no sabe si lo que acaba de ocurrir es una mala pasada por el cansancio o si lo ha visto de verdad.

Continúa haciendo su ruta sin darle más importancia, recorriendo el camino una y otra vez sin parar pensando en aquella fatídica noche donde conoció a sus compañeros. Pero no tiene mucho tiempo para sumergirse en esos pensamientos cuando se le aparece de nuevo la sombra en otra duna diferente. Petunio vuelve a tratar de centrar la mirada, pero de nuevo es demasiado tarde, este tema le empieza a emparanoiar y deja de distinguir lo real de lo ilusorio.

– ¿Acaso me estoy volviendo loco? ¿Qué está sucediendo? – dice para sí mismo.

Ya no puede quitárselo de la cabeza. Mientras, continúa caminando haciendo un surco en la arena del desierto causado por la cantidad de veces que ha recorrido el camino. Cuando se está convenciendo a sí mismo de que la sombra no era real, la vuelve a localizar en la duna donde la vio por primera vez. Centra de nuevo la mirada y por suerte no ha desaparecido, la sombra sigue ahí inmóvil, con los ojos rojos mirando fijamente a Petunio.

Petunio se da cuenta de que eso es real y tiene que hacer algo, pero, ¿el que? Debe avisar al grupo de que algo los espía o investigar por su cuenta lo que pasa.

Especial San Valentín: Petunio, Geranio y Bromelia.

Para conocer esta historia, hay que viajar alrededor de 200 años atrás, donde nos encontramos un bosque repleto de arboles flores y una gran variedad de fauna y especies.

Entre ellas se encontraban los Druidas de la Petunia, una de las razas más pacificas que existían, dedicadas a la protección del bosque.

 Entre todos los habitantes de esta raza, nos centraremos en uno llamado Petunio, un joven druida de dicisiete años que vivía con sus padres, los cuales habían pactado desde que él nació que cuando cumpliera los dieciocho años se casaría con la hija del comandante que dirigía la protección del bosque. A Petunio esto no le hacia gracia, desde su infancia siempre se había fijado en su amigo Geranio, con el que había pasado más tiempo que incluso con su familia. Este fijamiento era mutuo, pero Petunio estaba apunto de cumplir los dieciocho años y todo acabaría.

Las semanas pasaban, el invierno se acercaba y, con ello, más incursiones de indeseados, entre ellos, los orcos, en busca de arboles para crear hogueras y poder aguantar el invierno. Los enfrentamientos eran cada vez más frecuentes y los druidas perdían terreno a cada día que pasaba. En poco tiempo, los orcos casi se encontraban donde habitaban los druidas y hubo una gran guerra donde ambos bandos perdieron gran cantidad de hombres, cosa que no favorecía a los druidas, ya que los orcos superaban en número a estos. Pocos días después, los orcos atacaron el poblado central de los druidas quemándolo todo y acabando con la población de druidas, a excepción de Petunio que consiguió escapar junto con Geranio y su futura prometida Bromelia.

Ahora solo quedaban ellos y recorrían el bosque huyendo de los orcos, aunque Petunio tenía en mente otras cuestiones: si ser fiel al deseo de sus padres y casarse con Bromelia o deshonrar a su familia y unirse a Geranio.

Pasaron semanas a duras penas. El grupo conseguía avanzar y vivir sin ser vistos por los orcos, pero llego el fatídico día en que una manada de lobos, bajo el control de los orcos, localizaron a los jóvenes druidas y empezaron a perseguirlos. Poco tardo en que fueran rodeados por los lobos y un orco verde, grande y bastante feroz con un hacha gigante (muy parecido al orco gris que se enfrentaron nuestros amigos, ¿coincidencia? Pero, obviamente, esto solo lo sabe el narrador).

Petunio, junto a Geranio, trató de plantarle cara. Fue una ardua batalla donde el orco acabo con alguna herida grave teniendo que huir, pero cuando se giraron observaron cómo los lobos habían acribillado a Bromelia. Ya solo quedaban ellos dos, no había que elegir nada. Pasaron la noche juntos pensando que era su última noche, pero la cosa no fue así y pasaron los días, los meses y los años.

Eran los últimos de su especie, pero al menos conseguían vivir felizmente juntos y sin problemas, al menos toda su juventud y gran parte de vida adulta. Hasta que unos ciento noventa y nueve años o doscientos años después vieron los primeros indicios de como su bosque, su hogar, empezaba a pudrirse. Trataban de buscar una explicación, pero no hallaban nada. A cada día que pasaba, más infectado estaba el bosque y, una noche que dormían juntos bajo un árbol, Petunio fue despertado por Geranio:

-Corre. Esto no es seguro, no podemos estar aquí- Dijo, mientras le ensañaba su brazo y como por el corría una mancha gris que iba cubriéndole el brazo.

Se alejaron un poco más. Ambos sabían que era el fin de Geranio y no podían hacer nada. Ninguno lo mencionó, solamente se miraron, se besaron y pasaron juntos el poco tiempo que le quedaba a Geranio. Pocas horas después, la respiración de Geranio aumentó. Sus ojos habían cambiado, no se le reconocía y comenzó a atacar a Petunio. La infección había cubierto todo su cuerpo y cambiado por completo a Geranio, ya no era él. Mientras forcejeaban, Petunio escuchaba voces unos pasos más lejos, miró a Geranio de arriba abajo, secó sus lágrimas y lo mató mientras le decía al oído Te quiero.

Aún en shock, sin saber que hacer decidió seguir las voces. A lo mejor eran los causantes de todo esto. Y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, vió que solo era un grupo un tanto raro formado por tres personas alrededor de una hoguera.

Capítulo 10: Decisiones y heridos.

Nuestros héroes ven la posada delante de sus narices como si fuera un caramelo inalcanzable para un niño. Arrepentidos y conociendo como iba a ser la situación, se alejan de la posada con la mente centrada en salvar a su pobre compañera que está medio moribunda, con una herida abierta cubierta con hojas bañadas en un ungüento, tratando de evitar que así se desangre. Saben que el camino no será difícil y todo rastro de lo que es el bosque ha desaparecido.

El terreno empieza a ser un yermo con forma de desierto, sin árboles que den sombra y un calor cada vez más fuerte. Para colmo, nuestros héroes prácticamente están sin provisiones y eso no es como el bosque donde podían encontrar comida fácilmente. Si se dedican a buscar perderían mucho tiempo y eso no es una opción viable, solo les queda continuar caminando pero, cuanto más caminan, más desértico es el terreno.

De repente, ven lo que parece ser una explanada y al fondo palmeras y un pequeño lago, vamos lo que comúnmente se llama oasis. Los héroes, sin pensarlo, corren hacia el oasis y en cuestión de segundos están delante de él. Van faustos a beber agua para saciar su sed y montar el campamento debajo de la palmera.

Gumersindo que es muy optimista dice:

-Por fin un golpe de suerte.

Pero pocos minutos después de decir esto y con el campamento medio montado, todo empieza a distorsionarse. El agua que están bebiendo comienza a ser arena, las palmeras desaparecen ante sus ojos quedando un terreno exactamente igual que el resto de lo que pueden alcanzar sus vistas. La falta de agua, comida y el calor ha jugado una mala pasada a nuestros “héroes” y lo que es peor, les ha hecho perder un tiempo valioso.

Petunio, poco acostumbrado a este clima y muy nervioso dice:

– Yo no puedo continuar tengo que volver al bosque.

Pitoclesio intenta calmarlo y el grupo, debido a las palabras de Petunio, empieza a dividirse entre que hacer. La cosa no pinta bien, ya no solo es la falta de hambre sed y el calor, sino que ahora también se incorpora la posibilidad de que el grupo se disuelva.

Continúan discutiendo largas y tendidas horas mientras caminan despacio y la noche se les echa encima. Pitoclesio, al ver esto, dice:

– Tenemos problemas. He escuchado que este desierto por las noches es peligroso. No sé si serán ciertas, pero de ser así, estamos en peligro si nos quedamos quietos, ¿qué hacemos, Goyofredo? ¿Descansamos ahora bajo esta temperatura más cómoda, recuperando algo de fuerza o continuamos caminando sin descanso? Al fin y al cabo, tu eres nuestro líder.

Capítulo 9: Un acto heroico

El mago no se cansa y parece que la tormenta que ha invocado no va a acabar. Pitoclesio, por otro lado, sí se está cansando, ya que no esta acostumbrado a lanzar este tipo de hechizos. La situación se pone cada vez más difícil y los “héroes” están al límite, sin saber cómo afrontar la situación. Han matado a todos los esqueletos y al orco, pero el mago sigue vivo y se encuentra demasiado lejos como para que Gumersindo pueda alcanzarlo con su lanzapiedras 2000, ni imbuyéndolo con magia arcana.

Leopolda que está más alejada y no se encuentra dentro del escudo protector. Mira al resto del grupo, les guiña un ojo y dice para sí misma: “Malditos inútiles, espero poder veros de nuevo. me han gustado las aventuras que hemos vivido en el bosque”. Tras estas palabras, empieza a galopar frenéticamente esquivando todos los virotes de hielo que caen a gran velocidad muy cerca de ella hasta que se encuentra casi enfrente del mago quien la está observando de reojo.

Muy astuto el mago, decide centrar la tormenta en ella para que no pueda alcanzarlo, haciendo caer aún más virotes, cada vez más difíciles de esquivar. Leopolda, más centrada en el mago que en los virotes, tiene un descuido y le alcanza uno, que se le clava casi atravesándola. No parece importarle, su único objetivo es salvar al resto de “héroes”, y el bosque.

Cuando parece que lo tiene al alcance de una cornada, se choca de lleno contra algo, pero esto es invisible. El mago es bastante poderoso y mientras realizaba el hechizo de la ventisca se centró en crear un escudo débil, pero eficaz. Leopolda, llena de ira, continúa arremetiendo contra el escudo. Por suerte, su insistencia da frutos, ya que este empieza a desquebrajarse. “Esto está prácticamente finiquitado” dice Leopolda mientras arremete. El mago se percata de lo que ocurre, pronuncia unas palabras inteligibles y desaparece por arte de magia.

La ventisca empieza a ceder y Pitoclesio cae de rodillas quitando su conjuro. El resto de “héroes” corre hacia leopolda, que se encuentra tirada en el suelo, sangrando y con una respiración fuerte y entrecortada. Petunio se da cuenta del virote y del mal aspecto que tiene la herida. Gumersindo dice con voz arrepentida:

– Conozco primeros auxilios, pero no puedo curar eso…- y añade, con voz muy floja para que nadie escuche- además, es un ponicornio y me dan asco.

– Tenemos que llevarla a que la sanen o morirá y hay que darse prisa, pongamos rumbo a la ciudad inmediatamente- dice Pitoclesio.

Nuestros “héroes” caminan dejando aún más atrás el bosque con paso firme hacia la ciudad más cercana. Tras caminar medio día y agotados por no haber descansado ni dormido, se encuentran una posada. Todos saben que si se quedan la única salvación para Leopolda será encontrar un curandero en la posada, pero si continúan a lo mejor caen muertos por el cansancio y el hambre antes de llegar a la ciudad.

Capitulo 8 : Un enemigo inesperado

Nuestros “héroes” saben que es demasiado tarde para volver al bosque. Empiezan a organizarse como mejor saben o pueden bajo las órdenes, o mejor dicho, balbuceos, de Goyofredo, que no deja de ser el líder de semejante grupo.

Goyofredo ordena que Petunio se quede esperando a los esqueletos y que Leopolda cargue sola contra el feroz orco mientras él protege a Gumersindo hasta que este prepare su lanzapiedras 2000. Por último, Pitoclesio, sin obedecer las órdenes de Goyofredo, decide conjurar uno de los pocos hechizos protectores que aprendió cuando era un Orador de la Luz.  

– Siempre tiene que hacer una las cosas para que estas salgan bien…- dice Leopolda, mientras empieza a correr galopando contra el orco. En cuanto llega, choca su cuerno contra el hacha gigante de este mientras los esqueletos se acercan apresurados al grupo. El enfrentamiento entre Leopolda y el orco está resultando bastante épico, no paran de chocar sus armas entre ellas recibiendo ambos algún que otro golpe, haciéndose heridas mutuamente.

Petunio se da cuenta de que los esqueletos están muy cerca, así que se transforma en una enorme petunia y arremete con sus raíces a la mitad de estos esqueletos, derribándolos. La otra mitad de esqueletos acometen contra las raíces y consiguen que estas tengan que retroceder. Por suerte, en lo que duran estos hechos, Gumersindo consigue acabar de montar su lanzapiedras 2000. Una vez listo, no duda en atacar con su arma a los esqueletos que quedan en pie.

Cuando Pitoclesio consigue terminar el hechizo, grita a todos los miembros del grupo que no salgan del área cercana a él, ya que de este modo no morirán en el caso de que el mago les ataque. Por desgracia, Leopolda no se encuentra dentro de esta aura protectora. Goyofredo, sin pensarlo, corre hacia los esqueletos (de los cuales no quedan en pie más de cinco o seis) e hinca su espada en dos de estos justo antes de ser rodeado, consiguiendo acabar con uno más. Por suerte para él, Petunio le ayuda atravesando el cráneo de otros dos con sus raíces.

Leopolda, fatigada, continúa su lucha, en la que parece que nadie cede. De pronto, se le enciende la bombilla y pasa por debajo de las piernas del orco, clavándole su cuerno en ambos talones y consiguiendo así que este caiga de rodillas. En este momento, aprovecha para volver a utilizar su cuerno, esta vez para clavarlo en su cuello, haciendo que este salga por la boca del orco y creando un imagen épica.

Cuando la batalla parece ganada, el cielo empieza a nublarse. Los “héroes” saben que han hecho mal en dejar al mago a sus anchas. De pronto, comienza a caer nieve, que poco a poco se convierte en virotes de hielo punzantes.

Entre todo este caos y por raro que parezca, el grupo de “héroes” añora el bosque y lo fácil que era vivir dentro de este, pero ahora les toca pensar en que hacer: tratar de resguardecerse bajo el escudo de Pitoclesio, sin saber si este soportará la tormenta o bien que alguien (es probable que Leopolda) corra a por el mago arriesgándose a morir de un virotazo.

Capitulo 7. un largo viaje:

Después de que nuestros “héroes” se dieran cuenta de que nunca existió una bifurcación de caminos y que todo fue causado por las setas, continúan por el sendero del bosque, bajo una noche oscura y sin luna. Por suerte, no sufren ninguna interrupción, de modo que pueden observar lo poco que les permiten sus ojos ver el entorno y deleitarse así con las vistas. El tiempo pasa deprisa y no parecen avanzar mucho, o eso creen hasta que ven como los árboles podridos del bosque empiezan a desaparecer hasta el punto de que se esfuman completamente, encontrándose ante un campo abierto y enorme.

 Al fondo, ven una silueta difícilmente reconocible. Nuestros “héroes”, desconfiados, desenvainan sus armas y dan pasos cautelosos, recordando la emboscada de tiempo atrás. Caminan unos 700 metros y la silueta vista segundos atrás, que resulta ser dos sombras, la tienen ahora enfrente. A pocos pasos, Gumersindo, que tiene la mejor vista nocturna, comunica al grupo lo que está viendo:

– Parece ser un mago y está conjurando un hechizo. A su lado, hay una especie de orco de metro y medio, pero no es de piel verde como los que se conocen, sino grisácea con pinta de estar más muerto que vivo…- Antes de que Gumersindo pueda acabar la frase el orco arremete ferozmente contra ellos. Detrás de este, surgen un puñado de esqueletos que le sigue.

Nuestros “héroes”, teniendo muy alejado el bosque, solo pueden defenderse de ellos pero, ¿Cómo?

Petunio puede abalanzarse y transformarse en petunia gigante o aguardar un poco y después transformarse sorprendiendo a todos.

Leopolda puede adelantarse con Gumersindo a su lomo para dejarlo más adelante y que monte su lanzapiedras 2000 mientras ella intenta ensartar al orco, o aguardar un poco e ir sin Gumersindo mientras este monta la catapulta y espera a que estén más cerca

Goyofredo hace un intento de mirada asesina al mago y tiene la duda de ir a por el mago, tratando de esquivar al orco y sus esqueletos, o estar junto a Gumersindo (independientemente de lo que elija) y protegerle mientras usa su catapulta.

Por último, tenemos a Pitoclesio quien en el caso de que Goyofredo vaya a por el mago iria con él con tal de contraatacar el hechizo del mago o quedarse y conjurar hechizos para tratar de aniquilar todo lo que se les acerca.

Al mago no le parece quedar mucho para conseguir efectuar lo que quiera que haga ese hechizo.

(Es la segunda vez que hay un empate en la toma de decisiones así que he decidido que siempre que se pueda, mezclaré las dos opciones como he hecho en el capítulo 3 con la opción de los dos caminos. Pienso que es lo mas neutral. En el caso de no poder ser así, tomaré como decisión el primer comentario. Si alguien tiene otra idea que lo comunique y siempre que sea lógica y unánime se tomara esa idea, ya que vosotros escribís esta historia).

Capítulo 6: Griften

Nuestros «héroes» pueden perder mucho tiempo visitando la aldea del gnomo, pero a su vez recibir respuestas necesarias. Goyofredo se dirige hacia la bifurcación que indica Gumersindo. Pocos pasos después, divisan una zona que recuerda al bosque de los inicios, solo quedan vestigios de lo que antaño parecían casas. Gumersindo, sin parecer muy preocupado, dice:

– Esto fue Griften, mi antiguo hogar, ahora derruido.

Pitoclesio nota, más que nunca, el olor a magia negra que le recuerda al hombre muerto encontrado tiempo atrás. Se acercan a ver si consiguen encontrar algo que les ayude a comprender lo que pasa. No tienen demasiadas opciones donde buscar, solo hay escombros. Comienzan a mover trozos de madera medio quemados y podridos.

Petunio, cansado, acaba transformándose en una petunia y levanta todas las maderas con sus raíces lanzándolas a un lado. En el fondo, encuentran a un Gnomo compañero de Gumersindo llamado Gundrio. Pitoclesio sabe que son sus últimos momentos de vida y cruza una mirada con Gundrio, él entiende perfectamente este cruce de miradas y dice:

-Antes de morir, cuando estaba debajo de los escombros, escuché a dos personas hablar. Debatían sobre qué hacer, pero eso no es lo importante. Hablaron sobre su líder. Este vive en la capital y pretende hacerse con ella. Si eso ocurre, todo habrá acabado. En el bosque solo tienen secuaces dirigidos por un caballero muy importante con el fin de que sus enemigos se centren en el bosque y no atiendan a lo que sucede dentro de la ciudad. Además, le permitiría acabar con toda vida mágica que habita en el bosque evitándose problemas en un futuro. Cof.. Cof..

El gnomo tose y acto seguido muere. Gumersindo dice unas palabras ilegibles para el resto y a continuación se dirige al grupo:

-Antes de partir me gustaría ir a hacer una cosa. No tardaré, lo prometo.

Se dirige rápidamente a la única casa que se mantiene un poco en pie. Entra y pocos minutos después sale con unos grabados rúnicos escritos en papiros.

-Todo listo.

Nuestros «héroes», según deshacen sus pasos, empiezan a marearse, ver doble, notan ganas de vomitar, apenas pueden caminar y a los pocos minutos todos vomitan a la vez. Petunio ve que hay trozos de setas y grita enfurecido:

– ¡Por qué todos han vomitado mis setas especiales!

Entonces recuerdan quién había hecho la comida.

Leopolda:

-Magnífico, muy inteligente, maravilloso dejar a ese desgraciado de Goyofredo cocinar, quién se lo iba a imaginar.

Continúan su camino, los efectos de las setas “mágicas” se pasan. Regresan al sendero, pero todo es diferente. Ya no hay flores ni bosques hermosos, todo es putrefacción y oscuridad. Los “conejos” muertos por la batalla resultan ser esqueletos como los enfrentados anteriormente. El efecto bonito de las setas se ha terminado y ahora toca ver la cruda realidad.

Ante tal shock, hacen una hoguera para pasar la noche y discutir si ir directamente a la ciudad o continuar y encontrar al general que causa el mal en el bosque.

Capitulo 5. Un Gumersindo

Las piedras golpean fuertemente a la gran mayoría de conejos dejándolos inconscientes o moribundos, ya que algún que otro golpe les da en las cabezas, dejando el cerebro al descubierto.

Cuando solo quedan cuatro conejos, se miran entre ellos y corren a esconderse entre los arbustos mientras escupen veneno a nuestros «héroes», derritiendo todo lo que toca, entre otras cosas, la armadura de Goyofredo y un poco en el brazo de Petunio, dejándolo en carne viva. Al sentir tal dolor, Petunio despierta de un brinco.

La cosa se calma y de donde habían venido los “pedrolos” sale un gnomo con su lanzapiedras 2000 al son de la siguiente frase:

-Estoy cansado de esos seres que destrozaron mi poblado junto al bosque. Por cierto, me llamo Gumersindo el gnomo y busco ayuda para acabar con todo esto.

El autor, con su poder omnisciente, sabe algunas cosas más de él: es bajito aun para el tamaño habitual de un gnomo de edad avanzada, unos 200 años de edad, una gran barba, optimista, muy inteligente y sabio y aunque resulte raro, algo racista, característica poco común en los gnomos.

Leopolda mira de arriba abajo al gnomo:

–  de que nos puede ser útil este pequeñajo guarda calderos de oro?

Gumersindo, audaz, contesta:

– No soy un desagradable Leprechaun, soy un gnomo estratega y experimentado en la ingeniería y magia rúnica. Creo grandes artefactos armamentísticos imbuidos con magia y tengo algo de conocimiento sobre artefactos mágicos y donde encontrarlos. Y este es mi gran amigo el lanzapiedras 2000- dice mientras esboza una sonrisa de oreja a oreja.

Todo el grupo está con los ojos abiertos como platos y atónitos ante tal personaje que se han encontrado. Petunio reacciona al instante y dice:

-Bienvenido amigo, ya eres uno más de esta cofradía.  

Gumersindo explica a todos lo sucedido en su poblado, como todo había ardido, que lo que quedaba se estaba pudriendo, como le está pasando esto al resto del bosque.

Nuestros “Héroes” tienen otro dilema que resolver. Pueden continuar el camino y seguir por el bosque, ignorando la exploración del poblado de Gumersindo y pudiendo perder alguna pista que se encuentre en dicho poblado; o bien pueden adentrarse al poblado del Gnomo, tratando de encontrar pistas, aún pudiendo perder demasiado tiempo y arriesgándose a no encontrar nada. Así que ¿qué deciden, Poblado o Camino?.