Nuestros “héroes” se disponen a seguir el camino cuando a Petunio le rugieron las tripas y gracias a esto recuerdan que no han comido y lo necesitan urgentemente. Goyofredo, como líder, saca una cacerola y se presenta como chef para cocinar, cosa que le parece bien al resto del grupo. Hicieron su comida, bla bla bla. Tras comer, levantan el campamento y echan a suerte el sendero que elegirán con una partida de minecraft. No, es broma, simplemente Pitoclesio saca una moneda de plata y decide cara, el bosque “mal rollero”; cruz, el bosque alegre. Todos, expectantes, observan como la moneda gira en el aire hasta que cae y sale cruz. Empiezan a levantar el campamento mientras se oye a Leopolda decir:
– Muy profesional dejar en manos del destino a elección de una moneda, menos mal que no nos pagan.
Empiezan a seguir el camino del bosque florecido. Entre las ramas se puede ver algún que otro animal. Curiosamente, se nota un silencio desconcertante que no encaja con lo que ven nuestros “héroes”, el cual no perciben por su falta de atención.
Caminan y caminan sin divisar un final. Petunio, ante esta situación, decide trepar a un árbol y así examinar el terreno que les rodea, pero cuando se haya en la cima recibe un “pedrolo” en la cabeza y cae al suelo desplomado.
En ese momento, los conejitos que andaban correteando entre los árboles, empiezan a deformarse haciéndose más grandes, permitiéndose caminar a dos patas. Se les alargan las uñas y crecen sus colmillos, de los cuales gotea un líquido verde, quizás veneno.
El primer conejo se abalanza contra nuestros héroes y Leopolda, avispada, arremete contra él clavándole su cuerno blanco como la nieve en el centro de su corazón, que atraviesa por su espalda dejando la punta manchada de sangre.
Al resto de conejos, llenos de ira por la muerte de su compañero, se les encienden los ojos y empiezan a abalanzarse contra nuestros héroes. Su primer encuentro es contra Goyofredo que recibe un zarpazo y sale despedido tres metros atrás con un arañazo que le recorre el tórax. Goyofredo, con la conmoción del golpe y ayudado por sus problemas, corre con los brazos en alto sin sentido y empuñando en su mano derecha la espada contra su objetivo, sorprendentemente, le clava la espada entre ceja y ceja al conejo, que se desploma en el suelo. Goyofredo saca el arma del cráneo del pobre animal y la envaina. Dicha herida en el animal, crea una fuente que expulsa sangre generando un escenario más que macabro con un toque kawaii causado por el resto del entorno más alejado.
La batalla continúa y parecen salir aún más conejos asesinos de los matorrales. Cuando todo está perdido, de entre los árboles cae una lluvia de “pedrolos” que se dirigen hacia el escenario del enfrentamiento. ¿Quién puede estar provocando esto, un cazador o un gnomo?